Los turistas que se encontraban en el Monte de los Olivos alzaron sus celulares tan pronto como vieron el fenómeno en el firmamento. Rayos que simulaban cortinas escoltaban la figura blanca que descendía acompañada de seres alados. Desde las nubes, trompetas retumbaban. Algunos cayeron de rodillas; otros, simplemente murmuraron: ‘es Él’.
Los videos se propagaron con la rapidez de un nuevo evangelio. Muchos —incluso ateos— se convirtieron al verlos. Otros abandonaron sus credos y direccionaron su fe. Los más escépticos alegaron montaje digital. Sugirieron que habían sido hechos con inteligencia artificial, pero no pudieron sostener sus versiones por mucho tiempo.
En Israel permaneció un par de días. Luego de visitar Gaza, caminó hasta Roma seguido de una gran multitud. El Papa Clemente XV lo recibió con júbilo y le cedió su trono. Desde allí, tomó el timón de una Iglesia que apenas reconocía como suya.
Sin tener que moverse, sus palabras atravesaron continentes. Lo digital se convirtió en su nuevo púlpito: sus cuentas de Facebook, X, YouTube, Instagram y TikTok sumaron más de cuatro mil millones de seguidores el primer día. Las naciones reforzaron sus redes de Internet. Las más pobres recibieron ayuda financiera de las más ricas. El mensaje fluía sin fronteras, sin filtros, como un soplo divino por el cableado del mundo.
Releyó las Sagradas Escrituras y aunque halló validez en lo que había dicho siglos atrás, consideró que su doctrina debía ser actualizada al mundo moderno. En su primer mensaje, saludó a cada pueblo en su idioma natal. Las reacciones estallaron: miles de millones compartieron, comentaron, creyeron. En su siguiente publicación —un reel— criticó a las religiones transformadas en franquicias de la fe. Luego expropió los bienes de su Iglesia y repartió el dinero entre los países más pobres. El Papa y sus cardenales, estupefactos, callaron mientras cruzaban miradas de piedra. La onda expansiva alcanzó otras religiones: algunas cedieron fieles a Roma; otras se atrincheraron, fieles a sus dioses y escépticas al recién llegado.
Abordó un avión una semana después para calmar territorios donde el odio tenía siglos de herencia. En el norte de África, viejos enemigos se abrazaban; en Corea, la población cruzaba la frontera sin problema alguno y compartía alimentos. Grupos ilegales en Colombia entregaron sus armas y abandonaron el negocio del narcotráfico por actividades agropecuarias de gran escala. Pero en Rusia, Ucrania, Palestina e Israel, su Palabra no bastó. Las bombas siguieron cayendo, indiferentes a su voz.
Predicó contra el capitalismo salvaje y el culto al beneficio. Llamó a los gobiernos a abandonar el autoritarismo y a construir democracias compasivas. Repitió su vieja enseñanza con otra voz: nadie puede amar al prójimo si primero no se acepta en su unicidad.
Para Él, el mundo debía ser uno solo, sin líneas trazadas por el miedo o la ambición. “Bajo el firmamento —dijo— no hay pasaportes válidos. Y ante el Altísimo, nadie marcha delante de otro.” Invitó a recibir al inmigrante como a un hermano extraviado. Aceptarlo no como amenaza, sino como oportunidad de redención. Sólo quienes dañaban deliberadamente debían responder ante la justicia. Algunos gobiernos, pese a las dificultades logísticas, les abrieron sus puertas. Otros, desbordados, comenzaron a flaquear.
De vuelta en Roma, redactó una encíclica sobre la creación. Agradeció a su predecesor Francisco por haber intuido, años atrás, la urgencia de cuidar la casa común. Reafirmó que el ser humano no podía subsistir sin la naturaleza, pues formaba parte de ella, pero no era su dueño.
Se dirigió a las industrias que devastaban el planeta y las instó —con voz firme y serena— a modificar sus modelos económicos. Algunas aceptaron participar en planes piloto. Otras, más reacias, calcularon pérdidas y se negaron a cambiar. Las ganancias, y no el equilibrio de la Tierra, eran su credo.
Sus podcasts, videos y encíclicas eran reproducidos por millones, pero comenzaban a sonar incómodos. Cada una de sus palabras exigía una renuncia, y no todos estaban dispuestos a ceder. La evidencia de su divinidad no bastaba para sostener el entusiasmo. Se respiraba una tensa calma, como si sus enseñanzas fueran una amenaza disfrazada de promesa.
Si bien hasta los más escépticos admitían que el impacto de su presencia era bueno, bastó que su doctrina tocara temas de propiedad, fronteras o deuda externa para que su ánimo se caldeara. En los medios de comunicación, cuyos dueños defendían intereses particulares, sus frases empezaron a ser tergiversadas.
El silencio incómodo de algunos ministros era evidente. Luego, sus juntas a puerta cerrada evidenciaban que algo no estaba bien. Se evaluaba su influencia en la estabilidad. En el transcurrir de los días, las decisiones salieron a la luz: las viejas industrias, armas, drogas y muros fronterizos le exigieron respetar el orden anterior a su venida. Así, su regreso se convirtió en un problema de seguridad mundial.
Las autoridades religiosas y políticas, que inicialmente lo escuchaban con admiración, comenzaron a extrañarse de su tono. Analizaron sus palabras. Las compararon con dogmas, constituciones y balances contables. Notaron que no citaba escrituras ni firmaba acuerdos. No negociaba. Empezaron a circular declaraciones que ponían en duda su legitimidad. ¿Qué clase de paz se erige sobre la idea de un único Dios verdadero? ¿Qué lugar quedaba para la diversidad de credos milenarios, para los gobiernos laicos, para los acuerdos diplomáticos?
La industria armamentística, al borde del colapso financiero por la reducción de conflictos bélicos, reactivó sus cadenas con discreción. Surgieron tensiones. Las armas encontraron de nuevo su destino. El tráfico de drogas, también silenciado brevemente, reapareció con fuerza.
Las empresas energéticas que habían intentado migrar hacia modelos más sostenibles no obtuvieron los beneficios esperados. Los capitales comenzaron a retroceder. Las pérdidas hablaron más alto que las convicciones. Los magnates, acostumbrados al exceso, no estaban dispuestos a renunciar a su comodidad por una promesa universal. ¿Qué clase de Dios pedía sacrificios que no devolvían privilegios?
Los gobiernos que intentaron seguir sus enseñanzas sobre migración pronto se vieron sobrepasados. Las fronteras cedieron, pero las ciudades no. Las ayudas no alcanzaban, los censos colapsaron, las calles se tensaron. La logística de la compasión exigía más recursos que discursos. Las cancillerías comenzaron a escribirle. Llegaban correos diplomáticos con tono urgente, respetuoso, luego inquisitivo. ¿Era viable un gobierno mundial? ¿Quién decidiría su lengua, sus símbolos, sus himnos? ¿Qué sería de las culturas, de las diferencias, de los mapas? Se le veía encerrarse en su despacho de la Santa Sede para responderles a todos con paciencia, pero también con fatiga. Había creído que bastaba con sembrar la verdad para que el mundo diera fruto.
La armonía se fue resquebrajando. En poco tiempo, volvió el ruido. Quienes al principio lo aclamaban comenzaron a llamarlo agitador, divisor, impostor. Aparecieron hashtags que exigían su expulsión. Los videos de su descenso fueron borrados. Su nombre empezó a desaparecer de los buscadores. Millones de memes se burlaban de su presencia y su contenido en redes sociales fue tergiversado con el ánimo de perjudicarlo. Se crearon noticias falsas alrededor de su persona. Los milagros que había hecho hasta entonces fueron cuestionados. Afirmaron que se trataba de ediciones hechas con la ayuda de inteligencia artificial. No eran clavos esta vez, sino el rechazo humano lo que lo desgarraba.
Las denuncias en sus redes sociales aumentaron. Las plataformas, invocando sus términos de uso, suspendieron sus cuentas por “incitación al odio” y “comportamiento engañoso”. Sus seguidores, que habían llegado a ser legión, comenzaron a irse. Algunos por miedo, otros por hartazgo. Quedó incomunicado. Su voz, otrora global, se redujo a la plaza de San Pedro, donde una docena de fieles lo escuchaba de vez en cuando.
Sin embargo, quedaban esparcidas por el mundo personas agradecidas que aún creían en Él. Algunos pobres, prostitutas, inmigrantes y miembros de la comunidad LGBTIQ+, a quienes tanto había ayudado, no abandonaron su sentimiento de gratitud con facilidad. Pero al perder todo rastro de su benefactor, la mayoría se limitó a recordar su legado en silencio. Temían posibles represalias si se atrevían a mencionar su nombre.
El día treinta y tres de su presencia en la Tierra, se le escuchó orar:
—Señor mío y Dios mío: ayúdame a lidiar con la complejidad de tus criaturas. Dame la sabiduría necesaria, que sólo proviene de ti, para que la totalidad de la especie humana goce de paz, amor y bienestar.
El Papa y un pequeño grupo de sus cardenales irrumpieron en su despacho y, sin mediar palabra, lo expulsaron del Vaticano a empellones.
Con lágrimas en sus ojos, caminó tambaleante y cabizbajo por las calles de Roma. Hablaba en una lengua incomprensible, pero según sus gestos, parecía estar haciendo una serie de reclamos. Quizá pedía perdón por ellos otra vez. Los últimos doce, que lo observaban a la distancia, terminaron por ignorarlo. No deseaban ser vistos junto a él, ya que temían represalias. Se lavaron las manos considerando que su predicación, además de falsa, carecía de todo valor debido a la cantidad de problemas que había generado y que afectaban la convivencia.
Los turistas se alejaban ante su presencia. Lo confundían con un mendigo. Su rostro angustiado y agotado exteriorizaba su decepción. Los latigazos, esta vez, no eran físicos. Ahora estaban mediados por la indiferencia.
Omar, un carpintero que lo vio haciendo el viacrucis por la Vía de la Conciliación, se apiadó de él. Preguntó su nombre, le dio agua y un pedazo de pan. Luego de una larga conversación, el carpintero tampoco creyó en su testimonio, pero le ofreció trabajo. Desde entonces, talla cruces y las vende a las iglesias y conventos de Roma. De vez en cuando intenta predicarles a los clientes, pero poco o nada le prestan atención.
—Pon en práctica lo que te he dicho y entrarás al Reino.
—¡Qué va a saber usted de eso! —Le responden—. ¡Eso déjeselo a los curas!
La vida retornó a la normalidad. Las guerras volvieron. Las industrias resurgieron. Las iglesias llenaron sus arcas. El mundo volvió a su escándalo habitual. Bastaron dos meses para que su nombre se convirtiera en tabú. Los algoritmos lo borraron. El que insistía en recordarlo era silenciado.
Desde el cielo, Dios guardó silencio. El libre albedrío aún retumbaba como eco en la conciencia de los hombres. Contrario a la petición de su hijo, no quiso ascenderlo a su presencia. Le ordenó vivir hasta que la aleatoriedad de la naturaleza decidiera sobre el fin de su tiempo terrenal. Quizás así aprendería a lidiar mejor con la gente en una próxima ocasión en que lo enviase. Por el momento, los humanos, lejos de querer ser salvados, habían elegido otro camino. Y Dios no sabía qué hacer.
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