No hay día en que Santiago se salve de los juetazos de su padre Marcos. El joven, resignado, ya ni se defiende. Deja que el cuero le tatúe la piel sin oponer resistencia. Hace tiempo que dejó de llorar. Algunas noches los gritos van y vienen; en otras, oigo platos y porcelanas romperse.
Aun así, Santiago es un muchacho tranquilo. Cuando va para la universidad, me saluda con una amabilidad que me sorprende. Es muy cariñoso con María Paz, su novia. Desde mi ventana, los veo en el parque riéndose a carcajadas mientras comparten un helado y se cuentan sus anécdotas.
Como todas las parejas, también han tenido discusiones. La de hoy parece ser por una supuesta infidelidad de ella. Santiago le muestra algo en el teléfono. María Paz le da sus explicaciones y él la escucha. Luego se le acerca. Por un instante, tengo la impresión de que la va a abrazar y de que todo quedará resuelto. Santiago le sonríe.
Tiene la misma sonrisa de su padre.
Luego se quita la correa.
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