Cuando tenía quince años, le dejé a mi vecino un libro en su puerta. Timbré y corrí hasta llegar a un arbusto donde me escondí. Él, sorprendido, le daba vueltas a la obra mientras buscaba a quien pudo haberla dejado allí. Regresé a mi habitación y, con la mirada perdida en el techo, comencé a imaginar la cadena infinita de lectores que recorrería mi libro.
Luego crecí y los quehaceres de la vida adulta hicieron que me olvidara de todo. Los días se llenaron de compromisos en la universidad, turnos de varias horas en el hospital y un hijo que me reclamaba airado porque no compartía con él lo suficiente.
Hoy, tocaron a mi puerta. Abrí y no encontré a nadie. Solo un libro yacía en el suelo: el mío. El lomo estaba herido, las márgenes tenían anotaciones y, para mi sorpresa, capítulos que nunca había leído.
;)
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